Me gusta escribir

No puedo evitarlo. Cuando me pongo a escribir, el mundo desaparece. Mejor dicho, otro mundo aparece, el de la magia y la fascinación, el de la libertad. Sí, me gusta escribir. Ahora bien, si preguntáramos a distintos escritores por qué lo hacen —de hecho, se han publicado multitud de respuestas, después de inquirir a cientos de ellos, tal vez a miles—, las contestaciones serían tan distintas que no servirían de modelo a nadie que aspirase a convertirse en humilde escribano. Así que lo que suele hacer cada uno es explicar sus motivos, que además nunca se agotan, porque crecen en el camino, como pequeñas setas que arraigan en el subsuelo.

Me gusta escribir

Me gusta escribir porque el mundo se renueva al hacerlo

Al escribir, de algún extraño y misterioso modo, el mundo se renueva por dentro y por fuera. No es sólo que la imaginación ocupe el lugar de la razón, sino que millones de lectores y escritores en ese mismo momento están haciendo lo mismo, eso bastaría para tomar conciencia de que una enorme revolución acontece cada vez que millones de personas —una masa crítica, sin duda—, se ponen a dilucidar, imaginar, fantasear… y emborronar cuartillas o pantallas.

Me gusta escribir y, al hacerlo, no todo está perdido, los muertos están muertos y descansan en paz, pero tal vez los vivos están más vivos que nunca y son capaces de abrazarse, e incluso de besarse, ¿por qué no? También es posible que den saltos de alegría y que se sientan felices, o que pretendan cambiar el mundo a su modo, que no tiene por qué ser un modo único. Es posible que deseen un mundo lleno de caminos con setas a los lados, pero también es imaginable que deseen surcar los cielos con senderos celestiales de color añil que los lleve allá, y tal vez más allá del infinito.

Más razones —y fantasías— para escribir

Me gusta escribir y no puede dejar de gustarme. Los mares se abren, las tierras tiemblan, las tormentas se desencadenan, los muertos reviven y todas las palabras están esperando, una detrás de otra, para describir tanto fenómeno mágico, a su modo, en su salita de espera, aguardando a ser las elegidas para formar las frases que darán sentido humano a lo escrito y que, en el momento oportuno, será recogido por un lector cualquiera, de cualquier parte del mundo, para efectuar la operación inversa: colocar a cada palabra en su palco único para ser entendida de un modo único.

Me gusta escribir porque renueva mi energía interna día a día, la hace agitarse y querer escapar de su caos primigenio, para posarse como un pajarito en la rama del “sentido”, lo cual justifica al pajarito, al árbol y al que está mirando. ¿Y qué importa si no hay un editor o un productor que pase en esa ocasión concreta y se fije? La acción anida por sí misma, de forma implícita y espontánea. Y puede volar, con libertad total.

Por todo eso, y por muchas más cosas, que sería imposible enumerar, me gusta escribir… sin que ello quiera decir que no puedan gustarme los caramelos o las fresas. ¿A dónde vas? Manzanas traigo. La vida no puede equipararse a la literatura, pero ésta última puede ser una parte vital de la vida. Para ser diferentes, o simplemente para “ser”.

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