El oficio de escribir

El oficio de escribir para algunos, el duro oficio de escribir para otros. En un antiguo artículo, comenté qué se quería decir cuando se habla de escritura creativa. Para profundizar un poco en ello, escribo este nuevo artículo, que intentará crear un marco que nos ayude a entender mejor ciertos conceptos, sobre todo los referidos al “sentido” de lo escrito.

En principio, hay que decir con cierta rotundidad que un escritor no se improvisa. No salen escritores como setas después de un día de lluvia. Es más, ni siquiera estudiando con denodado esfuerzo y singular intensidad, puede un autor aparecer por arte de magia. En la mayoría de ocasiones, se trata no solo de esfuerzo sino también de un arduo camino a recorrer, y no me refiero únicamente a la pelea con las editoriales. El oficio de escritor se fragua en los recovecos de la conciencia, en los entresijos de la experiencia vital, y habría que hacer aquella pregunta retórica que siempre aparece en cualquier contexto que tenga que ver con la escritura: ¿tienes algo que decir?

El oficio de escribir

El duro oficio de escribir y sus sentidos ocultos

El hecho cierto es que ha habido grandes niños prodigios, en diversas áreas del arte, como Mozart en la música, o Capablanca en el ajedrez… pero encontrar un niño prodigio en la literatura es harto difícil, cuando no seriamente complicado. ¿Por qué?, sería la pregunta pertinente.

Pienso que elaborar una compleja historia, como puede ser una novela, no solo es una cuestión de un don, de una musa que aparece de repente y te inspira el texto, también tiene —como mínimo— algo que ver con tu andadura vital, con tu experiencia sobre la propia vida y sus avatares, con el recorrido que has hecho para que tu escritura tenga un sentido. Por eso no basta con estudiar filología, teoría literaria, narratología, crítica literaria, ensayos, manuales, etc.

El oficio de escribir se nutre, pues, de nuestras experiencias, sin las cuales no tendría sentido nada de lo que escribimos, pero no solo experiencias del vivir cotidiano, también experiencias de todo tipo, por ejemplo culturales, ideológicas, incluso las traumáticas (que no son precisamente las menos importantes). Cuando ideamos una trama para una narración, no solo estamos inventando, creando, formando un nuevo ser… también estamos dándonos como un acto amoroso hacia el resto del mundo, literalmente salimos de nosotros mismos para compartir esas experiencias de sentido, con sentido, en todos los sentidos.

El oficio de escribir (duro, se dice) no es solo inspiración y expiración, en diversos porcentajes según quién lo diga, es también la certeza de que la pasión por la escritura relegará ese epíteto desagradable de “duro” a un rincón del olvido, si efectivamente logramos que nuestra pasión y nuestro entusiasmo sea propagado e incluso sentido por los demás, que agradecerán siempre que alguien les ponga frente al espejo. Escribir es reflejarnos en los otros y hacer que los otros se miren a sí mismos como lo harían si nada les condicionase.

El oficio de escribir es recrear de la manera más creativa posible el mundo externo, el mundo que nos rodea desde que nacemos y comenzamos el largo viaje de encontrarnos dentro de los límites tenues de nuestra propia piel.

Herramientas esenciales para el oficio de escribir

La primera herramienta seria para ejercer el oficio de escribir es perder el pudor expresivo. Hay gente a la que le cuesta todo un mundo hablar en público, pero también la hay a la que ponerle una hoja en blanco delante es como matarla, no saben por dónde empezar. Bueno, el comienzo más adecuado es perder el pudor de expresarse. En cierto modo, escribir es desnudarse, de modo que el pudor está justificado, pero vencerlo es el primer hito del camino.

La segunda herramienta que nos ayudará igualmente o más que la primera para dominar el oficio de escribir, es pensar que nos dirigimos al mundo entero, no solo a nosotros mismos o a una persona concreta. Esa conciencia de estar hablando al universo todo es la que nos ayudará a vencer los temores de que nuestra escritura es vulnerable… y que por tanto, que nosotros somos vulnerables, y que por tanto hemos de convertirnos en seres temerosos.

Y por último, hay otra herramienta todavía que nos impulsará definitivamente. La escritura creativa, basada en nuestras propias percepciones, pero hecha sin canon alguno, sin guía precisa, solo siguiendo el dictado de nuestro propio ser —todos somos creativos por el hecho de ser humanos— nos guiará para llevarnos al terreno en el que el oficio de escribir dejará de ser un oficio para convertirse en un arte… e incluso mucho más allá de eso: para convertirnos en maestros de sentido, en maestros de nosotros mismos… lo cual es a lo máximo a que puede aspirar un ser humano.

Foto recortada de Daniel Lobo, en Flickr.

Si te ha gustado el artículo, coméntalo o compártelo en tus redes sociales favoritas, con los botones de abajo. En cualquier caso, muchas gracias por llegar hasta aquí.

Deja un comentario si te parece oportuno