El arte de escribir

He observado hace un momento que no tenía muchos artículos en la categoría de Escritura Terapéutica (solo Escribir como terapia y Beneficios de la escritura) y lo he querido relacionar con el arte de escribir sin miedos, de hablar abiertamente incluso con nosotros mismos, que tal vez sea el arte más difícil en la vida, o sencillamente una experiencia que nunca termina sino con nuestra propia desaparición física.

Y como siempre es más sencillo —y a la vez más ilustrativo— hablar con ejemplos, pondré uno. Imaginemos que el arte de escribir lo transformamos por un momento en el de hacer una escultura. Un escultor se dispone a trabajar la forma desde una masa informe: dispone su material para ser tallado, esculpido, definido con precisión, quiere arrancar una expresión humana de un trozo de mármol (o de metal o de arcilla, da igual).

El arte de escribir

El arte de escribir y expresar: los fantasmas del escritor

Si trasladamos el ejemplo al caso de la escritura, nuestro material son las palabras. Sin embargo, las palabras no se tallan, ya vienen dadas por nuestra propia naturaleza humana. Al mismo tiempo que crecemos, nos apropiamos de ellas… pero el sustrato sobre el que se asientan es el del propio lenguaje, una estructura semántica que llevamos dentro desde el mismo momento del nacimiento, o antes… si vemos el desarrollo humano como una película continua. Se forma un embrión humano, y comienza la película, que naturalmente pasará por muchas fases. Un niño de dos años ya comienza a hablar, incluso antes en algunos casos. No necesita ni siquiera aprendizaje, no va ni siquiera a la escuela. El arte de escribir comienza por ser la capacidad de hablar, en un primer momento.

Después, los pensamientos y sentimientos se unen íntimamente al cuerpo del lenguaje… y llegado a un punto ya no sabemos distinguir lo que estamos hablando de lo que estamos pensando o sintiendo. Por eso el placer de la lectura no tiene comparación con otros placeres de la vida. Al leer estamos encontrándonos con nosotros mismos, a través de las palabras. El arte de escribir no es más que poner en frases lo que pensamos y sentimos. Pero no es tan sencillo como puede parecer. En este punto entran en acción los fantasmas del escritor, aquellas zonas oscuras que no quiere ver, que no quiere sentir.

Queremos expresar algo, pero ni siquiera sabemos qué. En esta fase qué importa lo que hayan escrito otros, todo nuestro conocimiento previo, nuestros estudios o capacitación en cualquier aspecto. La verdad es que estamos desnudos frente a nosotros mismos… en primer lugar. Y esa desnudez, que siempre ha experimentado cualquier escritor que se enfrenta por primera vez a la hoja en blanco para tratar de expresar algo que surja de su propio interior, es la que provoca nuestros pudores para sacar afuera lo que llevamos dentro, desde nuestra infancia, incluso desde el embrión, si es verdad que un feto ya aprende en el vientre de su madre.

Así pues, para dominar el arte de escribir la primera operación básica es hacer algo así como un vaciamiento interior, una tabula rasa de todo nuestro condicionamiento previo, incluido cualquier tipo de aprendizaje. No me refiero a enseñanzas técnicas, como puede ser el dominio sintáctico o el dominio de recursos narrativos, o de cualquier otra especie relacionada, me refiero —por si no ha quedado claro ya— a la experiencia vital, a aquella que une las palabras con nuestro íntimo sentir. Debemos comenzar vírgenes, como si fuera la primera vez en expresarnos —de hecho puede ser así, al menos por escrito y con la intención de dominar el arte de escribir—, como si estuviéramos aislados del mundo y de sus ruidos, enfrentados únicamente a nosotros mismos, a nuestros miedos, a nuestras verdades y mentiras más íntimas, a nuestros fantasmas más escurridizos.

El nacimiento de un escritor

Este es el verdadero nacimiento de un escritor, cuando transmuta el arte de escribir en el arte de encontrar su cielo, sin ayudas ni muletas, sacando de sí mismo todo lo que lleva dentro, toda su humanidad, tanto la buena… como la menos buena. Todos somos parte de un enorme sistema de vida, no solo de vida humana sino también de vida universal. ¿Por qué nos asombra tanto a los occidentales cuando observamos o nos enteramos de que los pueblos indígenas se mimetizan tanto con el medio? Porque en realidad, esos pueblos —que prácticamente ya no existen o son muy residuales— son conscientes, más allá del conocimiento racional, de que forman una unidad indisoluble con el medio en el que se mueven y subsisten.

El arte de escribir, por tanto, será equivalente a la capacidad de encontrar nuestros ancestros primigenios, de encontrar las voces que den salida a nuestro ser universal, lo cual indirectamente nos llevará al encuentro inevitable con nosotros mismos o —dicho de otra forma— al encuentro con los otros, que son en el fondo nuestro alter ego permanente. ¿Cuál sino la especie humana es capaz de compartir con la conciencia plena de que lo que está haciendo? Y escribir es compartir, ni más ni menos. Nadie escribe para sí mismo, salvo casos muy especiales. Escribimos para encontrar una forma de expresarnos y así curarnos del “espanto de la vida”, o como decía el gran pensador Miguel de Unamuno del “sentimiento trágico de la vida”, que antes o después acabaremos por sentir frente a nuestra propia insignificancia como individuos, átomos diminutos de un universo gigantesco y desmesurado.

Foto recortada de El coleccionista de instantes, en Flickr.

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