El arte de contar historias

A todo el mundo —ya desde niños— le gusta escuchar cuentos, historias, relatos… fantasear con las palabras, con las expresiones, aventurarse con la imaginación en espacios desconocidos, descubrir nuevos mundos que estarían vedados para siempre si no fuera por los contadores de historias, por esos artistas que convierten el arte de contar historias en pura magia escrita.

Sin embargo, no todo el mundo está dotado con ese don, se precisa no sólo de una técnica depurada, sino también de mucha imaginación, fantasía desbordante, inteligencia abstracta y emocional, saber meterse en la piel de cada personaje como si fuera nuestro propio yo y darnos la vuelta como un calcetín para encontrar al otro en nosotros mismos.

En resumen, el arte de contar historias comienza siendo eso, en primerísimo lugar: un arte.

El arte de contar historias
En el artículo sobre Recursos Narrativos vimos una introducción muy general sobre los recursos de todo tipo que dispone un narrador para llegar a su público. Hoy vamos a hablar, también de forma general, sobre el arte de contar historias tal como se concibe hoy, con la inmensa cantidad de información —incluidos relatos, cuentos y fantasías— que nos llega por vía audiovisual.

El arte de contar historias en la actualidad

Todos sabemos que la gran novela llega a su culminación en el siglo XIX, con aquellos prodigiosos creadores que fueron Balzac, Stendhal, Flaubert, Dickens, Tolstoi, Dostoievski, Galdós… y tantos otros. El arte de contar historias llegó a su plena madurez con ellos. Pero su forma de construir el relato, basada en la omnipresencia de un narrador universal y neutro, como un pequeño dios que dirigiese desde el interior mismo de la novela todo el engranaje, quedó pronto superada por las vanguardias del siglo XX.

Estas mismas vanguardias fueron puestas a prueba por nuevas avanzadillas de los escuadrones más osados en la segunda mitad del siglo XX, que concibieron formas alternativas para el arte de contar historias. Y como era de esperar, estos últimos se han visto desbordados por la última hornada de teóricos abonados a la última moda. Más allá de las modas, cuyo último grito siempre está por lanzarse, voy a referirme en este artículo a la diferencia que se sugiere hoy entre contar y mostrar, siempre referido a nuestro propósito de esclarecer un poco, si cabe, qué puede ser eso tan misterioso de: el arte de contar historias.

Con “contar” se refieren los americanos, y no solo ellos, a la visión clásica de describir todo un mundo, desde los personajes principales a los secundarios, desde el argumento mejor hilvanado al final más impactante, y a la tendencia del narrador a contar todo lo que pase por su imaginación, casi como algo sistemático, ordenado, rotundo. Esa sería, como decimos, la forma clásica del arte de contar historias.

Escojo, por ejemplo, una familia… y comienzo por presentarlos a todos, el padre, la madre, los hijos, los abuelos, etc. Presento también el barrio, la residencia, la escuela, las calles, los monumentos, otros personajes, más personajes… y ya han pasado cien páginas solo presentando todo el cuadro.

Bien, en el polo opuesto está el proceso de “mostrar”. ¿Qué diablos quieren decir con eso? Imagino que la expresión surge de ver qué hace una cámara. Muestra las cosas, los personajes, las calles, ¿verdad? No es necesario contarlo. Bueno, eso trasladado a la narración literaria quiere decir que si usted quiere dominar el arte de contar historias, tan escurridizo, tiene que tomar cámara en mano (las palabras, las frases) y mostrar todo aquello que quiera contar. No es un simple juego de palabras.

Si, por ejemplo, usted cree que va a tener una importancia capital el abuelo del personaje principal, en vez de presentarlo y describirlo de la manera tradicional, introdúzcalo directamente en el relato mostrando cómo hace alguna cosa: por ejemplo, tose y tiene que sentarse, y el hijo (pongamos que sea el protagonista de nuestra novela), se acerca y dialoga con él. Se trata de sustituir descripciones por acciones, tal como vemos en los filmes.

Es decir, en vez de divagar sobre las cualidades o el aspecto físico del abuelo, hacemos que “haga algo”, y en ese hacer algo vamos a ir descubriendo sus cualidades o defectos, a la vez que sus atributos físicos, puesto que si tose mucho, por ejemplo, es señal de que es muy mayor, o de que está enfermo, etc… A la vez, descubriremos cómo reaccionan los demás personajes a la presencia y a las acciones del abuelo, veremos directamente esa interacción.

Ventajas de mostrar versus contar

La primera y más importante es hacer partícipe al lector del relato, convertirlo en cómplice. No tendrá que soportar las simpatías o las antipatías del propio narrador acerca de sus personajes, sino que él mismo tendrá que imaginarse cómo son, a partir de las acciones que realizan. Digámoslo en clave lingüística: la preeminencia del verbo sobre el adjetivo, de la acción sobre la descripción.

Al dejar margen al lector para que construya su propio relato, este se siente más implicado en el mismo, pudiendo incluso montar su propia trama, que el novelista no debe cerrar de un modo hermético, sino dejarla abierta a posibles y tal vez diferentes interpretaciones. Es aquello a lo que se refería Umberto Eco con lo de “obra abierta”. No es tan descabellado pensar esto cuando sabemos que hay una escuela de teoría literaria que enfatiza la labor del lector frente al autor. de esa manera el arte de contar historias se convierte en universal y democrático (es una forma de decirlo, claro). Sería como la cesión de derechos de imaginación que realiza el autor frente al lector.

Otra ventaja añadida es que el texto se convierte en más dinámico, más liviano, más acorde con los tiempos de acción vertiginosa en los que nos movemos en la actualidad. El arte de contar historias evoluciona con el tiempo, y como narradores tenemos que adaptarnos o morir en el intento, como en cualquier proceso evolutivo. ¿Cuántas especies de homo quedan en pie? Solo el homo sapiens, y hubo varias, pero no se adaptaron y desaparecieron. Sin entrar en una dinámica trágica, si no logramos sintonizar con nuestro propio tiempo… es muy posible que el tren al que tenemos que acceder (aerodinámico, velocísimo…) pase de largo.

Estas y muchas otras cuestiones que afectan sin duda a eso que hemos querido llamar en esta ocasión “el arte de contar historias”, serán debatidas minuciosamente en mi próximo libro “Técnicas Narrativas Modernas”, que espero editar muy pronto.

Si te ha gustado el artículo, coméntalo o compártelo en tus redes sociales favoritas. Muchas gracias en cualquier caso por la atención prestada.

Foto recortada de José María Pérez Núñez en Flickr

4 Comments

  1. montse flores 2 febrero, 2015 Reply
    • Jose Pimat 2 febrero, 2015 Reply
  2. Ana Lasserre 21 junio, 2016 Reply

Deja un comentario si te parece oportuno