Ritmo narrativo y uso de la elipsis

¿Qué nos ocurre a veces con una novela? ¿Tal vez que nos dormimos, o que nos aburrimos, o…? En general, cualquiera de las cuestiones que tienen que ver con una bajada de la tensión narrativa están asociadas al ritmo narrativo. En esos casos, el ritmo se vuelve oscilante y poco estable.

Ritmo hace referencia a distintos conceptos: ritmo de la historia, musical, ritmo cardíaco, ritmo de juego, ritmo de  la historia contada… o expresiones como a buen ritmo, con buen ritmo, rítmicamente, etc.

RAE: grata y armoniosa combinación de voces, cláusulas, pausas y cortes en el lenguaje poético y prosaico. En un sentido figurado: como orden acompasado en la sucesión de las cosas. En música: proporción guardada entre el tiempo y otro diferente.

Todas  las definiciones  valen para expresar lo que queremos decir: grata combinación, orden acompasado, armonía, proporción. Nos centraremos en el ritmo del lenguaje, más en concreto en el de la narrativa. De hecho, el concepto del ritmo está más asociado a la poesía. Esta aprovecha mejor la sonoridad de las palabras y sus combinaciones. No obstante, también puede hallarse un ritmo en la prosa de ficción, tal vez de muy distinta naturaleza, eso sí.

Ritmo narrativo

La palabra ritmo la asociamos con el movimiento, a veces con la velocidad, por emplear términos de la física. En literatura, el ritmo narrativo hace referencia al avance de la narración. Diremos que existe ausencia de ritmo si no avanza la acción, es decir, si no sucede nada o casi nada.
Es decir, un texto narrativo puede ser más moroso o más ágil. Pero es que, además, podemos distinguir dos clases de ritmo: el de las palabras, el de un párrafo o una escena, por ejemplo, o bien el de la estructura de la propia novela, con su ritmo interno de capítulos, pausas, analepsis o prolepsis, elipsis, etc.

Ritmo narrativo: análisis y ejemplos

Si hablamos simplemente del ritmo de la narración, rápidamente salta a la vista de alguien habituado a leer que hay dos grandes categorías para analizar: narración y diálogos. Dicho de otro modo: lo que cuenta el narrador y las interacciones directas de los personajes.

Si el narrador demora la acción mediante la descriptiva, sea del tipo que sea, se va a perder ritmo. La explicación es sencilla: la acción, es decir, la historia, no avanza, se estanca. Pero si solo hacemos hablar a los personajes, nos comemos toda la ambientación y el contexto narrativo, lo que suele llamarse brevemente “el escenario”. Si eliminamos el escenario se nos va la posible “atmósfera” que pueda crear el narrador.

De modo que el ritmo narrativo el escritor lo impondrá combinando sabiamente narración y diálogos, buscando un equilibrio entre ambos. Es lo que suelen hacer los escritores más experimentados.

Existe un método infalible para demorar la acción, describir por ejemplo escenas pasadas (analepsis literaria) con profusas descripciones de lo que sucedió en un lejano pasado. Con esta técnica se provocan evocaciones a través de tiempos verbales compuestos, del modo subjuntivo, etc. Este método nos llevará a la paralización (momentánea) de la acción. Lógicamente, se hace con el objetivo de comprender mejor las acciones posteriores de los personajes.

A grandes rasgos, pues, el ritmo narrativo está íntimamente ligado a los tiempos y modos verbales. Solo con su concurso se acelera o ralentiza la acción tanto como destacan e impulsan la reflexión y la evocación de acontecimientos.

Ritmo interno de la novela

Por otro lado, la novela especialmente, como creación literaria, debe tener su propio ritmo narrativo. Y no solo por la escritura y utilización de los signos lingüísticos en sí mismos, sino por su propia composición y estructura.

Es decir, en el mismo montaje de la novela, en la configuración de capítulos y secuencias es necesario también un ritmo. Las distintas unidades forman en sí una unidad de lectura. También una unidad de intenciones, sobre todo, una unidad rítmica en la forma de sucederse. Todo lo cual influye de forma determinante en el ritmo narrativo, o sea, en el ritmo emotivo de la narración.

El uso adecuado de la elipsis

Uno de los grandes trucos de los maestros de la narrativa consiste en utilizar esa figura literaria, la elipsis. Es evidente que en una narración no puede contarse todo. El escritor selecciona su material conforme al esquema que previamente ha elaborado en su mente. Por ejemplo, le interesa destacar los momentos de soledad e incomunicación de los personajes principales. Se centrará en eso y no en cómo se hacen una taza de café o en cómo caminan, etc… Otro autor, en cambio, seleccionará los momentos cotidianos, precisamente porque querrá destacar esos momentos. En este caso no querrá saber nada de los sentimientos de los personajes. Son, pues, diferentes enfoques.

Sea cual sea el enfoque, el autor necesitará la elipsis para ahorrarse la narración de todo aquello que no entre en su esquema narrativo. Si es necesario concentrar el tiempo de un par de años en un pequeño párrafo, lo hará. Esta manipulación del tiempo creará un determinado ritmo narrativo. El lector deberá apreciarlo en toda su dimensión en el momento de la lectura.

Fijémonos en una película. Un coche sale de un lugar y se dirige a otro. La secuencia no tiene por qué abarcar todo el trayecto (salvo casos especiales, claro está). Se ve al coche partir y se le ve llegar a un determinado destino, sin que veamos el trayecto intermedio. En eso consiste la elipsis, sea literaria o cinematográfica.

En cambio, pensemos si en ese trayecto dos personajes hablan. Esa conversación puede ser decisiva para entender la historia narrada. Por tanto tendrá que tener su espacio y su tiempo, que se dilatará más o menos según las necesidades narrativas.

Resumen

El ritmo narrativo, en resumen, tiene que ver con el tiempo de la acción. Se puede acelerar o retardar con una utilización particular de la prosa. Entre los instrumentos a utilizar se encuentran los diálogos, la elipsis, los tiempos y modos verbales, las analepsis o prolepsis incluidas, etc., etc.

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Leísmo, laísmo, loísmo: definición y ejemplos de uso

Leísmo, laísmo, loísmo son incorrecciones de la la lengua que muchos no entienden del todo bien y que incluso se usan como normales en el habla de ciertos territorios del ámbito hispano, por diferentes motivos. En este artículo trataré de explicar con sencillos ejemplos cuándo los pronombres de tercera persona están mal empleados y por qué.

La norma procede del latín y, en última instancia, hace referencia a los complementos directo e indirecto de la oración en castellano. Si queremos evitar el leísmo, laísmo, loísmo no hay más que entender cómo funcionan los pronombres en tercera persona al sustituir a los citados complementos. Nada mejor que un ejemplo para ilustrarlo:

Compré un regalo a Marta: (complemento directo: un regalo), (complemento indirecto: a Marta).

En el complemento directo la acción del verbo recae directamente, en tanto recae indirectamente en el indirecto.

Si queremos sustituir el complemento indirecto (a Marta) por un pronombre, tenemos que poner:

Le compré un regalo (en cambio, “La compré un regalo” es un caso de laísmo).

Leísmo, laísmo, loísmo

Leísmo, laísmo, loísmo: definiciones y ejemplos

Leísmo: uso de le/les en funciones de complemento directo (en vez de lo/los y la/las)

Laísmo: uso de la/las en funciones de complemento indirecto (en vez de le/les)

Loísmo: uso de lo/los en funciones de complemento indirecto (en vez de le/les)

Ejemplos:

Vi un camión (“un camión” es el complemento directo)

Le vi (en vez de Lo vi) . Ejemplo de leísmo.

Da el regalo a Marta (“a Marta” es el complemento indirecto)

Dala el regalo (en vez de Dale el regalo) . Ejemplo de laísmo.

Di un regalo a Marta (“a Marta” es el complemento indirecto)

Lo di un regalo (en vez de Le di un regalo) . Ejemplo de loísmo.

Uso correcto de los pronombres de tercera persona

Para evitar el leísmo, laísmo, loísmo, lo mejor es atender al siguiente esquema:

Complemento directo: masculino (lo/los), femenino (la/las), neutro (lo).

Complemento indirecto: le/les.

El sistema es muy simple, como puede verse a simple vista, el único inconveniente es que existen multitud de casos excepcionales, así como áreas geográficas donde se dan en el habla (e incluso en la lengua escrita) los fenómenos lingüísticos del leísmo, laísmo, loísmo.

Dos excepciones importantes

Un caso de leísmo permitido es el que afecta a personas de sexo masculino (aunque solo en singular). Por ejemplo:

Juan saludó a Pedro (“a Pedro” es el complemento directo).

Lo saludó / Le saludó (en teoría, esta segunda opción sería incorrecta, pero es un leísmo permitido).

Otra excepción significativa es el llamado “leísmo de cortesía“):

Lo saludé (a usted) /Le saludé (a usted) (en teoría, la segunda opción sería incorrecta, pero de nuevo es un leísmo permitido por las Academias de la Lengua Española.


Para ver si el verbo admite complemento directo o indirecto no hay más que ver la definición en el diccionario de la RAE: si lo pone como transitivo entonces admite complemento directo; en el caso de los intransitivos solo admiten complemento indirecto. Pero como he dicho hay muchas excepciones, por lo tanto el único sistema es estudiar caso por caso en esos supuestos (verbos especiales).

Más ejemplos de leísmo, laísmo, loísmo

Leísmo:

Vi a Luis (Lo vi, aunque admitido “Le vi“)

Vi a Marta (La vi; leísmo: Le vi)

Vi a los niños (Los vi; leísmo: Les vi)

Vi a las gatas (Las vi; leísmo: Les vi)

Laísmo:

Di un regalo a Marta (Le di un regalo; laísmo: La di un regalo)

Di un regalo a las niñas (Les di un regalo; laísmo: Las di un regalo)

Loísmo:

Traje un libro a mi sobrino (Le traje un libro; loísmo: Lo traje un libro)

Traje un libro a mis sobrinos (Les traje un libro; loísmo: Los traje un libro)

Como se puede ver claramente, en el caso del laísmo y loísmo se sustituyen los pronombres le/les (para complementos indirectos) con la/las, lo/los (uso incorrecto)

Y en el caso del leísmo se sustituyen los pronombres lo/los por le/les (uso incorrecto, salvo excepciones señaladas).


Para la gran mayoría de verbos ya sirve con lo expuesto anteriormente, pero hay grupos de verbos en los que el uso es distinto, por ejemplo en los llamados verbos de afección (afectar, asustar, asombrar, convencer, divertir, impresionar, molestar, ofender, perjudicar, preocupar, etc.), los verbos de influencia (autorizar, ordenar, invitar, permitir, exhortar, etc.), los verbos hacer y dejar, etc., etc. En estos casos, por distintos motivos el uso de los pronombres varía, de acuerdo a consideraciones sintácticas y gramaticales en general.

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Preescritura: fase previa de la narrativa

La preescritura es la preparación de un texto, sea del tipo que sea. En este caso me referiré a la narrativa y solo a ella. Si quieres tener éxito y hacer un texto decente, tienes que seguir unos pasos previos sí o sí. Y comenzarás por hacerte preguntas, no solo las típicas que enseñan a todo aspirante a periodista: qué, quién, cómo, dónde y por qué. Para mi gusto falta el cuándo (y tal vez alguna otra).

Bien, si comenzamos por el principio te preguntarás qué quieres escribir. No es una pregunta baladí… sobre todo en narrativa. ¿Tienes alguna idea, algo que te ronde la cabeza? Puedes utilizar ideas abstractas, como la soledad, o muy concretas, como un preso en una cárcel. ¿De dónde lo sacas? De la imaginación, sería una buena respuesta, pero puedes acceder a cualquier medio: noticias, curiosidades, actualidad, sucesos, algún descubrimiento científico, palabras, lluvia de ideas… ¿qué importa eso?

Supongamos que ya lo tienes acotado: tal cosa o tal otra. Has dado el primer paso en esa fase previa de la preescritura. A continuación, una pregunta interesante (no está en la lista de los periodistas) es qué finalidad tienes para escribir sobre eso. ¿Quieres ser famoso, que te lea mucha gente, aprender a escribir narrativa, profundizar sobre un tema…? Ojo con lo de “profundizar”. Eso se suele hacer en los ensayos o en los libros de pensamiento, no conviene errar el tiro. Mucho más modesto es decirse: quiero contar una buena historia, no importa si me haré famoso en dos días o si me leerá un millón de personas. No conviene trivializar, pero hay que echar mano del humor para desdramatizar situaciones corrientes.

Preescritura

Bien, si ya has dado con la finalidad que persigues al escribir sobre esto o lo otro, tendrás que preguntarte, antes o después, el cómo. ¿Cómo escribo eso? ¿Utilizo un narrador, varios narradores, qué enfoque le doy, mi protagonista es narrador de la historia, o le pongo un narrador al acecho para que no se desborde? Ya estamos en otra fase de la preescritura, el de decidir aspectos narrativos importantes, que influirán en cómo el texto refleja lo que habíamos pensado sobre la historia a contar.

Preescritura: factores importantes

El género: no es poca cosa.

Si has decidido cómo enfocar la historia, el género suele venir asociado. Puede que te hayas interesado por la Roma de Nerón. Bien, es una idea… pero debes saber dónde te metes. En principio sería novela histórica, pongamos por caso. Pero puedes darle muchos enfoques, eso se suele hacer bastante hoy en día. Si quieres, para dar un ejemplo concreto, ¿por qué no te puedes imaginar una novela negra ambientada en la Roma de Nerón? Es perfectamente factible, pero ya sabes que entonces tendrás que decidirte por novela histórica o novela negra.

Deberás seguir tomando decisiones. Si cargas las tintas sobre el aspecto histórico, tendrás que documentarte mucho, muchísimo. Si, en cambio, piensas que puedes apoyarte en los clichés de la novela negra, entonces con una ambientación correcta y un mucho de imaginación, no necesitarás documentarte demasiado (al menos con el rigor histórico que se presume a cualquier novela histórica que se precie de su “género”).

El comienzo: una decisión fundamental

Otro factor importante en la preescritura es imaginar el comienzo. No es lo mismo comenzar con una descripción larga y pesada que con un diálogo, por ejemplo. Si haces lo primero atraerás el bostezo y tal vez el hastío. No te lo recomiendo. Comienza con una escena de acción. No necesariamente de acción violenta o física. Basta con un diálogo, o un pensamiento, tal vez con la acción (cualquiera) realizada por un personaje.

El protagonista: un dilema en la preescritura

Sí, porque puedes inspirarte en un héroe clásico o en un antihéroe. Claro que entre ambos extremos puedes encontrar todo tipo de caracteres. Eso sí, haz una ficha lo más completa posible. Te ahorrará problemas futuros. No solo por el color del cabello, más bien por la personalidad y el comportamiento. No lo dejes ni un instante solo. Levántate con él y acuéstate con él. Ni no sientes empatía por él, raramente lo hará el lector.

La planificación, la última fase de la preescritura

Si al fin has logrado hacerte con los mandos de tu historia, te faltará un pequeño detalle. Tendrás más posibilidades de lograr una narración coherente si previamente culminas tu preescritura con una buena planificación. Tendrás que imaginar la estructura de tu novela, la extensión de la misma, las escenas principales y un buen número de asuntos añadidos.

Si logras encajar bien el puzle, es posible que tus lectores se sientan reconfortados. No es fácil armar una trama consistente e interesar al público. Suele ser complicado, pero un buen consejo es seguir un buen proceso de preescritura.


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Ambigüedad: definición, clases y ejemplos

En el artículo Palabras ambiguas: todo un mundo por descubrir, ya hacía referencia a este tipo de estructuras y términos dudosos. Hoy vamos a insistir en el tema y clarificar los tipos o clases de ambigüedad que se nos pueden presentar al hablar o escribir.

Fijaos en la siguiente frase, en un diálogo en el que intervienen tres interlocutores: “ayer vi a su madre“. Si A, B y C son los interlocutores y es A quien dice la frase, ¿a qué madre se refiere, a la de B o a la de C? Por tanto, ante las dudas, es conveniente dar una definición amplia de ambigüedad:

La ambigüedad es la propiedad de palabras, expresiones, frases, etc., para ofrecer distintas interpretaciones en la lectura, aunque también se da en el mundo oral.

¿Causas de la ambigüedad? Pueden ser de carácter muy diverso, a menudo por incorrecciones gramaticales. Veamos otro ejemplo:

Ayer vi a Manolo paseando.

Paseando, ayer vi a Manolo.

Si lo que quiero decir es que paseando yo ayer, vi a Manolo, obviamente la forma correcta es la segunda. Si en cambio quiero decir que vi a Manolo ayer, quien estaba paseando mientras lo veía, la estructura correcta de la frase es la primera. En ambos casos, para evitar la confusión, es necesario construir la frase correctamente.

Ambigüedad

Tipos de ambigüedad

Veamos una clasificación general, que nos puede dar una idea de dónde pueden esconderse diversos grados de ambigüedad:

Ambigüedad fonológica: cuando una cadena de sonidos puede resultar confusa.

Ejemplo: es/conde (puede significar un tiempo del verbo esconder o el predicado de ser (un título nobiliario).

Ambigüedad funcional: cuando se usa un término con doble función gramatical.

Ejemplo: he vuelto a ver (antes no veía y ahora sí; o bien, me he dado una vuelta para ver cómo continúan las cosas por aquí).

Ambigüedad léxica: cuando la duda surge respecto a un término aislado, que admite diversas interpretaciones.

Ejemplo: usted aquí no pinta nada (si no sabemos más del asunto, puede ser que se refiera a pintar las paredes o bien a que “sobra” en este sitio).

Ambigüedad morfológica: se da cuando coinciden en una frase dos formas de un mismo verbo.

Ejemplo: Pedro y yo escribimos un cuento (no se sabe si lo hemos escrito ya o lo estamos escribiendo)

Ambigüedad sintáctica: cuando la estructura sintáctica de la frase tiene varias interpretaciones. Se divide, a su vez, en dos clases: pragmática y semántica.

Ambigüedad pragmática: depende del contexto del lenguaje y del hablante, en un momento dado.

Ejemplo: golpeó el armario con el bastón y lo rompió (no sabemos si se rompió el bastón o el armario).

Ambigüedad semántica: cuando afecta a un elemento de la frase que puede ser interpretado de diversos modos.

Ejemplo: Pedro quiere pelearse con un francés (no sabemos si se trata de cualquier francés o de uno en particular).


Claro está que todos estos tipos de palabras u oraciones ambiguas pueden ser solucionados mediante la adición (en general) de algún complemento (oral o escrito) que la deshaga.

Ejemplos:

Vi al padre de usted (en vez de decir: vi a su padre).

Arrojó el bastón sobre el armario y se rompió este último (“este último aclara la frase).

Pedro quiere pelearse con un francés que se llama Pierre (el añadido deshace la ambigüedad).

Pedro y yo escribimos un cuento el mes pasado (“el mes pasado” aclara que no lo estamos escribiendo actualmente).

Usted aquí no pinta ninguna pared (en vez de “no pinta nada“).

Tiene el título de conde (en vez de “es/conde” que podría confundirse con una forma verbal de esconder).

Supongo que se puede ver con claridad la forma práctica de superar cualquier tipo de término o secuencia lingüística ambigua, no es difícil, si te fijas un poco atentamente.


Si este artículo lo queremos ligar exclusivamente con la actividad escrita, con la escritura en general, es obvio que cuanto menos ambiguos hagamos nuestros textos más inteligibles serán para nuestros lectores.

¿Has sido capaz de encontrar alguna ambigüedad en el texto que conforma este artículo? Si así fuera, estaría encantado de corregirla. No lo creo, pero sería un buen ejercicio gramatical, semántico, de atención y concentración, etc.


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Trama narrativa: algunos secretos

Cuando pensamos en la narrativa de ficción es posible que se nos aparezca como mucho más interesante que la vida, al menos que la mayoría de nuestras vidas. ¿Por qué, os preguntaréis? La respuesta es bastante sencilla, precisamente por la existencia y poderosa presencia de la trama narrativa. Lo que hace que nos resulte tan atractiva la lectura de una buena novela no es solo que esté muy bien escrita (que también), sino que nos introduzca de lleno en una fantástica trama narrativa que nos subyugue desde el principio.

Por supuesto, hay muchas más diferencias con la vida. ¿La principal? Tal vez que el tiempo, en la vida, no puedes pararlo ni invertirlo ni moldearlo a tu antojo. Mientras no se demuestre lo contrario, nuestro tiempo es lineal, sucesivo y no tiene vacíos, huecos o recovecos (quizás un poco en los sueños). Es decir, si nos aburrimos o tenemos que hacer algo forzadamente, no tenemos elección. Debemos dejar pasar el tiempo, armarnos de paciencia y esperar.

En cambio, cuando construimos una buena trama narrativa podemos ahorrarnos esos momentos que nunca querríamos vivir, esos momentos de vacío (si lo consideramos oportuno para nuestra historia, claro está). Hoy vamos a hablar de algo que no habíamos abordado hasta ahora, la trama en narraciones extensas, preferiblemente en las novelas.

Trama narrativa

Así que siempre procuraremos poner algo de pasión en nuestra historia, a través de la construcción de una trama adecuada… para alegrar o estimular la vida del lector, puesto que a veces se aburre… y lee precisamente para no estar aburrido (aunque no niego que haya otras motivaciones, eventualmente).

¿Cómo surge la trama narrativa?

Los principios fundamentales de la trama narrativa, más bien en su versión teatral, ya están muy bien especificados en la Poética de Aristóteles. Planteamiento, nudo y desenlace… tal vez hoy día nos suene a algo evidente, a algo muy sencillo, pero no lo es tanto si profundizamos en las características de cada una de esas partes. Al contrario, lo que parece asombroso es que después de 2.300 años no haya variado sustancialmente y que se siga escribiendo conforme al patrón básico que argumentó y fijó el genio de Estagira.

Idear un modelo de protagonista, fijarse un objetivo a conseguir por ese protagonista, caracterizar a sus oponentes, a los llamados antagonistas, delimitar el conflicto sobre el que gira la acción, imaginar el momento de máxima tensión narrativa, perfilar el posible desenlace… todos los elementos narrativos citados no presuponen (de entrada) una trama consistente, compacta. Para eso habrá que trabajar específicamente la trama narrativa desde el principio.

Pero no importa, casi todos los autores desbordan el cauce natural de la narración al comienzo, y lo hacen escribiendo páginas y más páginas sin control alguno, sin tener bien embridado el caballo de la trama narrativa. Lo que sabemos es que, antes o después, aparecerá la necesidad de armar una trama coherente para unir a los demás elementos narrativos. Tampoco es tan importante cuándo y cómo surge esa necesidad, lo necesario es tomar conciencia de que la arquitectura final del edificio va a descansar sobre los fundamentos de la trama, no importa lo bien que sepamos manejar el resto de componentes de la narración.

Ventajas de una buena trama narrativa

Vamos a enumerar unas cuantas, sin pretender ser exhaustivos.

  • Capacidad para atraer al lector

Todo el que ha leído un buen libro, con su dosis de intriga y suspense incluida, sabe a lo que me refiero. Una novela que no te dé tregua desde el principio hasta el final es el mejor argumento para defender la construcción de una trama narrativa de calidad.

  • Mantenimiento del interés

No solo hay que atraer al lector a través de la trama narrativa, sino que esta debe ser lo suficientemente consistente para atrapar al lector capítulo a capítulo, escena tras escena. Mantener el interés del lector de una forma constante tiene mucho que ver con la trama. Si esta no tiene suficiente gancho, no valdrá con ejercicios estilísticos o enfoques vanguardistas.

  • Organiza y aporta coherencia a la ficción

Todos los elementos de la ficción, personajes, ambientes, acción, descriptiva, voces narrativas… están construidos alrededor de la trama narrativa, que sería el nexo de unión de todo el material, la fuerza que uniría al resto de elementos de ficción. Si la trama es consistente, es más fácil todo lo demás, es algo que conocen muy bien los especialistas.

  • Responde a las preguntas clave sobre el protagonista

La trama narrativa, si está bien construida, responde sin ambages a las principales cuestiones que orbitan alrededor del protagonista de la ficción: qué desea, qué quiere conseguir, cuál es su objetivo prioritario, qué fuerzas pone en acción, etc. Para poner un ejemplo, si el protagonista necesita buscar algo (incluso algo indefinido), toda la trama narrativa se organizará bajo la premisa de esa búsqueda, de esa meta.

  • Vehicula la tensión narrativa

Una buena trama narrativa conduce la acción hacia su máxima tensión narrativa, al clímax de la acción, tras el cual se explican las consecuencias o se plantea el desenlace. Y lo hace de forma sutil pero permanente, paso a paso.


Bien, por hoy es suficiente para entender un poco por encima la importancia de la trama narrativa en todo relato extenso. Cuanto más extensa es la historia más relevancia adquiere la trama por sí misma, no hace falta ni señalarlo por lo evidente.

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